La Fiesta de los Mayos y la Maya en Madrid: una celebración primaveral con siglos de historia

Cada año, en torno al primer domingo de mayo, el barrio madrileño de Lavapiés recupera una de las fiestas más antiguas de la ciudad. La celebración tiene lugar principalmente en la plaza de Lavapiés y en las calles aledañas del barrio y de Salitre, en torno a la iglesia de San Lorenzo. Se trata de la Fiesta de los Mayos y la Maya, una tradición que no forma parte del calendario turístico habitual pero que tiene una profundidad histórica notable y una vinculación muy clara con el folclore popular madrileño. La Comunidad de Madrid la tiene declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Hecho Cultural. 

Para entender qué se celebra exactamente, conviene aclarar los dos elementos que dan nombre a la fiesta. Por un lado está la Maya, que es la figura central del ritual: una niña, generalmente preadolescente, que se viste de blanco con coronas, guirnaldas y mantos decorados con flores y se sienta en una silla a modo de trono o altar en la calle, mientras otras muchachas que forman parte de su cortejo bailan y piden dinero y golosinas a los transeúntes. Por otro lado están los Mayos, que son los cantos y rondas que acompañan a esa figura. Ambos elementos llevan funcionando juntos, con variaciones, desde hace varios siglos. 

La Maya.

Un origen que se pierde entre lo pagano y lo cristiano

Las primeras menciones escritas de las Mayas en castellano aparecen en las cantigas de Alfonso X El Sabio en el siglo XIII, donde se alude a cantos tradicionales del mes de mayo. En los siglos XVI y XVII, la festividad estaba muy extendida por la península y fue recogida en las obras de autores como Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca. Esto da una idea de hasta qué punto la celebración estaba integrada en la vida cotidiana del Madrid de la época, al punto de aparecer como referencia cultural en la literatura del Siglo de Oro. 

El trasfondo de la fiesta es más antiguo que el Renacimiento. La figura de la Maya, representativa de la transición de niña a mujer, se encuadra en ritos precristianos encaminados a celebrar el final del invierno, la fertilidad y lo femenino, y muchos autores le presumen un origen prehistórico, en el Neolítico. Con el tiempo, la Iglesia fue incorporando esta tradición a su propio calendario simbólico. Debido a la influencia de la Iglesia católica, que buscaba despojar a las festividades paganas de su propósito original, varios elementos tradicionales de las festividades de mayo adquirieron un tinte religioso. En muchos aspectos, la Maya-niña representa los mismos ideales de virginidad y castidad que la Virgen, de ahí la dedicación del mes de mayo a la Virgen María. 

En Madrid, la fiesta tomó forma propia en el entorno de lo que hoy es Lavapiés. En tiempos del rey Carlos V, el llamado Prado de las Damas, que cubría lo que hoy son las calles de la Fe, Salitre y Argumosa, era lugar de excursión y esparcimiento, y en él se celebraba la Fiesta de la Maya, con la que Madrid celebraba la llegada de la primavera. La Maya quedó establecida como fiesta tradicional en el barrio de San Lorenzo y en todo Lavapiés. 

La fiesta adquirió su forma definitiva en el siglo XVI, consistente en poner a una moza hermosa en un altar engalanado con flores y rondada por los mozos durante el mes de mayo. Esto incluía elegir a la doncella más hermosa de cada calle o barrio para, tras vestirla y engalanarla ricamente y ser coronada con flores, colocarla en un pequeño altar hecho con cortinajes, alfombras, colchas y numerosas flores. Por ese altar pasaban a lo largo del día casi todos los vecinos del barrio y un sinfín de curiosos, a los que las amigas de la Maya pedían un donativo. La recaudación se destinaba, según las fuentes, a hacer una ofrenda a la Virgen y a sufragar una fiesta colectiva al final de la jornada. 

La tradición no estuvo exenta de problemas. Aunque fue prohibida por la Alcaldía de Madrid a finales del siglo XVII debido a los altercados que generaba, la fiesta nunca desapareció del todo. El conde de Aranda intentó acabar con esta costumbre a mediados del siglo XVIII, argumentando que las Mayas molestaban a los transeúntes e imponiendo multas y encarcelamiento para los responsables. Pocos años después, Carlos III prohibió la puesta de altares callejeros y las solicitudes de propinas. Que hubiera necesidad de prohibirla varias veces a lo largo de décadas dice bastante sobre su arraigo entre la población. 


Cómo es la fiesta hoy

La fiesta se celebraba en todos los barrios de Madrid e incluso en el Palacio, y continuó hasta el primer tercio del siglo XX, momento desde el cual se perdió definitivamente en Madrid. La celebración fue recuperada en 1988 con la intención de mantener viva esta tradición. Desde entonces, y con el apoyo del Ayuntamiento de Madrid y varias asociaciones castizas y culturales del barrio, la fiesta se ha consolidado como una cita anual dentro del programa de las Fiestas de San Isidro. 

El símbolo central sigue siendo la Maya, representada por una niña o joven que, ataviada con ropajes suntuosos, mantones de Manila y adornos florales, permanece inmóvil sobre un altar efímero decorado con elementos vegetales. La acompañan otras niñas vestidas para la ocasión, mientras los vecinos participan vestidos con trajes castellanos y goyescos, bailando jotas y otras danzas populares. 



El mantón de Manila merece una mención aparte como prenda central de la indumentaria. Aunque su nombre alude a Filipinas, el mantón llegó a España a través del comercio colonial y fue adoptado por las clases populares madrileñas como una seña de identidad propia. En la fiesta de los Mayos aparece bordado a mano y con flecos largos, cubriendo los hombros de la Maya sobre un vestido blanco, y funciona tanto como elemento de lujo visible como como símbolo de la feminidad festiva del Madrid castizo.

En los alrededores de la plaza de Lavapiés se puede disfrutar de música y bailes. Las calles cercanas acogen también un reparto de claveles y plantas, así como una fiesta con rosquillas y vinos de la región. La jornada finaliza con una ofrenda floral en la Iglesia de San Lorenzo. Las rosquillas, en este contexto, no son un detalle menor: son uno de los dulces más vinculados al Madrid popular, especialmente a las celebraciones de mayo y San Isidro, y su presencia en la fiesta conecta la celebración con una identidad gastronómica local muy concreta.

Las rosquillas de San Isidro.

La celebración no se limita a la capital. Tras la Guerra Civil, la fiesta pervivió en varios municipios madrileños como Colmenar Viejo, Navalcarnero, Pinto, Villa del Prado y Ciempozuelos. Colmenar Viejo tiene una de las versiones más conocidas, con una organización propia que lleva décadas manteniéndose. En la Sierra Norte, municipios como Puebla de la Sierra y Montejo de la Sierra conservan también sus propias versiones, más ligadas al palo de mayo y a las canciones de ronda. 

Lo que la fiesta de los Mayos y la Maya representa, en conjunto, es algo bastante más complejo que una simple celebración de la primavera. Es el resultado de siglos de capas superpuestas: ritos precristianos de fertilidad, adaptaciones medievales, apropiaciones barrocas, prohibiciones borbónicas y recuperaciones contemporáneas. Que hoy se celebre en Lavapiés con mantones, jotas y rosquillas no es casualidad; es el producto de una historia muy concreta y de un barrio que históricamente ha sido escenario de las fiestas más populares de Madrid. La celebración es también un reservorio del patrimonio textil y del oficio de bordadora, y contribuye a la difusión y mantenimiento de la cultura tradicional. En ese sentido, su reconocimiento como Bien de Interés Cultural no resulta sorprendente: pocas fiestas madrileñas tienen detrás tanta documentación histórica y tanta continuidad, aunque haya sido a trompicones. 

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