La brujería en el norte de España forma parte de un entramado complejo de creencias, miedos, saberes populares y procesos históricos que no pueden entenderse únicamente desde la superstición. Galicia y el País Vasco destacan como dos territorios donde estas figuras han dejado una huella profunda en la memoria colectiva, pero no son casos aislados: Asturias, Cantabria, Navarra, Extremadura o Castilla comparten relatos, personajes y símbolos que hablan de una cosmovisión común ligada a la naturaleza, lo femenino y lo sobrenatural.
Meigas y bruxas en Galicia: entre el saber y el temor
Galicia es, probablemente, el territorio donde la figura de la meiga ha alcanzado mayor presencia simbólica. Las meigas ocupan un lugar central en el folclore gallego y se caracterizan por su ambivalencia: pueden ser protectoras o dañinas, sabias o peligrosas. Esta dualidad queda perfectamente resumida en el conocido dicho popular: «Eu non creo nas meigas, pero habelas hainas», una frase que no afirma la creencia, pero tampoco la niega del todo.
El origen de las meigas se remonta a creencias precristianas, donde confluyen elementos celtas, romanos y tradiciones locales profundamente arraigadas en el medio natural. Tradicionalmente se distinguía entre meigas boas y meigas malas. Las primeras, también conocidas como curandeiras o sabias, eran mujeres que dominaban el conocimiento de las plantas, los ciclos naturales y los rituales de protección. Su papel dentro de la comunidad era fundamental: curaban enfermedades, asistían en partos, aconsejaban y mantenían el equilibrio social.
En el extremo opuesto se situaban las meigas chuchonas, asociadas a maleficios, hechizos y prácticas dañinas. Para protegerse de ellas, se recurría a amuletos, rezos y rituales como el uso de las herbas de San Xoán o la preparación de la queimada, un acto colectivo que combina bebida, palabra y fuego con el objetivo de ahuyentar a los malos espíritus.
El Camino, los mitos y la convivencia de lo sagrado y lo mágico
En las poblaciones del Camino de Santiago, especialmente en Galicia, conviven de forma natural los relatos de santos, milagros y peregrinos con leyendas de meigas, brujas y seres fantásticos. Lugares como el Pico Sacro concentran narraciones donde lo cristiano y lo pagano se entrelazan, formando parte de una cultura oral jacobea tan rica como diversa.
Esta convivencia demuestra que la brujería no fue un elemento marginal, sino una parte integrada en la manera de entender el mundo. No se trata solo de cuentos, sino de sistemas de creencias que ayudaban a explicar la enfermedad, la muerte, la desgracia o lo inexplicable.
Sorginak y akelarres: la brujería en el País Vasco
En el ámbito vasco, la figura equivalente a la bruja es la sorgina. Aunque hoy el término se traduzca directamente como “bruja”, su origen etimológico es complejo. Algunas interpretaciones la relacionan con la idea de “hacer suertes”, mientras que otras la vinculan con el acto de parir o dar vida, lo que la acercaría a la figura de la partera o curandera.
Las sorginak aparecen en la tradición vasca como mujeres ligadas a la naturaleza y al poder femenino. En los relatos populares se las sitúa reuniéndose en torno al fuego durante la noche, dando lugar a los conocidos akelarres, término que significa “campo del macho cabrío”. Estas reuniones nocturnas se convirtieron, con el tiempo, en el eje de las acusaciones que desembocaron en procesos judiciales como los de Zugarramurdi en los siglos XVI y XVII.
A pesar de la persecución, la palabra sorgiña ha sido resignificada en la actualidad como símbolo de identidad, resistencia y recuperación de la memoria cultural vasca. Hoy sigue viva en el lenguaje, la literatura, la música y el imaginario colectivo.
Brujas, persecuciones y justicia
A diferencia de lo que ocurrió en otros países europeos, la caza de brujas en España fue relativamente limitada. Aunque existieron ejecuciones y persecuciones, estas estuvieron mayoritariamente en manos de tribunales civiles más que de la Inquisición, que en muchos casos se mostró escéptica y más indulgente.
Navarra y el País Vasco fueron escenarios destacados de estos procesos, como demuestra el caso de Zugarramurdi. Sin embargo, la represión de la brujería se entendía como una cuestión de orden público más que como una herejía religiosa, lo que explica la diversidad de respuestas judiciales.
Mujeres, marginalidad y memoria: casos documentados
Más allá del mito, existen figuras históricas que encarnan esta frontera difusa entre realidad y leyenda. En Asturias, destaca Ana María García, conocida como La Llobera, nacida en Posada de Llanes en el siglo XVII. Su vida estuvo marcada por la violencia, la marginalidad y la sospecha. Acusada de pactar con el diablo y de controlar lobos a su servicio, fue juzgada y castigada de manera sorprendentemente leve, desapareciendo después de los registros históricos.Otro ejemplo más cercano en el tiempo es el de Amparo López, A Roxua, de Brañavara. Nacida en 1917 en un entorno rural aislado, fue conocida por sus capacidades adivinatorias y su papel como figura de consuelo espiritual. Lejos de ser temida, fue respetada por su honestidad y por la ayuda que ofrecía a quienes acudían a ella en momentos de duelo o incertidumbre.
Seres fantásticos y un imaginario compartido
La brujería en el norte peninsular no puede separarse de otros seres mitológicos femeninos vinculados al agua, el hilado o la custodia de tesoros: xanas y encantadas en Asturias, anjanas en Cantabria, lamias en el País Vasco o las hechiceras del río Miño. A ellos se suman criaturas como el cuélebre, la sierpe o el dragón, presentes en todo el arco atlántico.
También aparecen figuras híbridas como el hombre lobo o el hombre pez, documentadas tanto en Galicia como en Cantabria, que refuerzan la idea de un imaginario común adaptado a cada territorio.
Entre el mito y la identidad
Las meigas, bruxas y sorginak no son solo personajes del pasado. Siguen presentes en fiestas como la Noite Meiga, en relatos familiares, en la cultura popular y en nuevas reinterpretaciones contemporáneas. Representan una forma de entender el mundo donde la naturaleza, lo invisible y la comunidad están profundamente conectados.
Hablar de brujería en el norte de España es, en realidad, hablar de memoria, de saberes femeninos, de miedo y de resistencia cultural. Un legado que, lejos de desaparecer, continúa transformándose y reclamando su lugar en la identidad colectiva.