Hoy, dentro del día internacional de la mujer, quiero rendir homenaje a dos fotógrafas que, para mí, son una fuente constante de inspiración: Cristina García Rodero y Ruth Matilda Anderson.
Les separa casi un siglo, nacieron en contextos muy distintos y trabajaron con objetivos diferentes. Sin embargo, ambas comparten algo fundamental: la necesidad de documentar la vida de la gente común y preservar visualmente tradiciones y formas de vida que estaban desapareciendo.
Anderson lo hizo en los años 20 y 30 del siglo XX recorriendo España para la Hispanic Society of America, cuando viajar por pueblos remotos todavía era una aventura.
Décadas más tarde, García Rodero dedicaría gran parte de su vida a fotografiar fiestas, rituales y creencias populares que forman parte del imaginario cultural de España.
Dos mujeres. Dos siglos. Dos miradas distintas. Un mismo impulso: entender a las personas a través de sus costumbres.
Empiezo con una de las fotógradas que más influye en mi forma de mirar la tradición y la fiesta: Cristina García Rodero.
Cristina García Rodero: la calle como estudio.
Mientras muchos fotógrafos retrataban la modernidad de la Movida madrileña en los años ochenta, Cristina García Rodero se fue por los pueblos y las aldeas de la España profunda en busca de otra realidad.
La cara más folclórica, misteriosa y oculta del país.No valía cualquier fiesta por el mero hecho de ser antigua: podía no ser fotogénica o no inspirarle. Pero cuando encontraba algo que le interesaba, metía las narices en todas partes.
Porque en la fiesta estaba todo: arquitectura, paisajes, urbanismo, tradición, vestimentas, peinados… Pero, sobre todo, personas.
Había que estar en el sitio y en el momento adecuados para captar lo verdaderamente importante: los seres humanos, sus creencias, sus celebraciones y su vida cotidiana.
Aun así, la fotógrafa manchega suele decir que una recuerda más los fracasos que los éxitos. No las fotos que consiguió, sino la imagen que perdió porque alguien se cruzó justo en el momento decisivo.
Fotografía, obstinación y un metro y medio de altura.
Cristina García Rodero mide apenas metro y medio. Eso significa que, en una procesión o en una fiesta abarrotada, no puede simplemente levantar la cámara por encima de la multitud como hacen otros fotógrafos.
Tiene que ser rápida. Muy rápida. Tiene que abrirse paso entre la gente para colocarse en primera línea, subirse a balcones o encontrar puntos de vista improbables. A veces incluso caminar por tejados, aunque sufra vértigo.
Cuenta que en esos momentos la pasión puede más que el miedo.
Sube, dispara, consigue la fotografía… y cuando todo termina y se relaja, recuerda que tiene vértigo y tiene que volver a cuatro patas.
Cuando alguien le pregunta cuál es su estudio, responde sin dudar:
—La puta calle.
Durante mucho tiempo su laboratorio fue el cuarto de baño de su casa.
Ha aprendido a vivir de forma sencilla porque gran parte del dinero que ganaba dando clases lo reinvertía en su verdadera obsesión: viajar para fotografiar.
Siempre ha trabajado quitándole horas al descanso.
Terminaba de dar clase, cogía las maletas y se subía a un tren que la llevaba a ese pueblo en fiestas que huele a leña y a pan. Allí siempre había un bar donde los parroquianos sabían todo lo que pasaba. Y donde ella encontraba la información que necesitaba.
Preguntar para descubrir el mundo.
Hoy estamos acostumbrados a descubrir fiestas y tradiciones a través de internet o de las redes sociales.
Pero cuando García Rodero empezó su trabajo, nada de eso existía. Las cosas se descubrían preguntando. Hablando con la gente. Camareros, sacerdotes, tamborileros, feriantes, mendigos, músicos, guardias civiles, telefonistas, alcaldes, pregoneros, mayordomos o compañeros de viaje en el tren.
Cualquiera podía ser la persona que le descubriera una fiesta que casi nadie conocía.
Todo empezaba con una pregunta sencilla:
—¿Usted de dónde es?
—¿Qué fiestas se celebran allí?
España oculta: un archivo visual de las tradiciones.
Hoy puede parecer natural encontrar libros dedicados a fiestas populares o tradiciones, pero en el momento en que apareció fue casi una apuesta suicida. España estaba viviendo la transición democrática y miraba obsesivamente hacia el futuro. Después de cuarenta años de dictadura, todo lo que sonara a pasado o a tradición parecía algo de lo que había que desprenderse.
Todo ese trabajo acabaría cristalizando en uno de los grandes libros de la fotografía documental española: España oculta.Publicado en 1989, el libro reúne más de quince años de viajes por pueblos y aldeas de toda España. El resultado fueron 152 fotografías que recorren un universo de celebraciones donde conviven lo sagrado y lo profano: procesiones, romerías, juegos infantiles, rituales de penitencia, celebraciones de fertilidad o escenas cotidianas de la vida rural.
Las copias fueron positivadas por el fotógrafo Juan Manuel Castro Prieto, logrando unos blancos y negros de gran profundidad que contribuyen a la fuerza visual del libro.
El resultado es un archivo visual extraordinario de tradiciones que, en muchos casos, han cambiado profundamente o incluso han desaparecido.
Pero lo más fascinante del libro no es solo el valor documental.
Es la manera en que las fotografías revelan algo muy profundo sobre la naturaleza humana: la necesidad de celebrar, de creer, de jugar con símbolos y de transformar la realidad durante unos días al año.
Un fotolibro no es simplemente una sucesión de fotografías. Igual que las palabras se organizan para formar una frase, las imágenes también dialogan entre sí. En España oculta, las escenas se encadenan creando un relato visual sobre la vida y la muerte, la infancia y la vejez, la devoción y el deseo.
Niños que juegan con cruces en las procesiones. Ancianas que ríen sin dientes. Mujeres que rezan con una intensidad casi física. Niñas que saltan frente a las puertas de un cementerio.
La vida entera aparece condensada en esos rituales.
Tras su publicación, España oculta recibió numerosos premios y tuvo una gran repercusión internacional. Pero quizá su mayor legado fue otro: demostró que la fotografía de autor podía existir en España y tener impacto.
A partir de entonces comenzó lo que muchos llaman la nueva edad de oro de la fotografía española. Nuevas generaciones de fotógrafos empezaron a interesarse por la fotografía documental, y muchos reconocen hoy la influencia directa del trabajo de Cristina García Rodero.
También contribuyó a algo todavía más importante: devolver valor a las fiestas populares en un momento en que muchas se consideraban reliquias del pasado.
Lo sagrado y lo profano en una misma imagen.
Una de las características más interesantes del trabajo de García Rodero es cómo logra capturar momentos donde lo solemne y lo absurdo conviven sin ningún problema. En muchas fiestas populares españolas, la devoción religiosa se mezcla con el vino, el humor, el teatro y el exceso.
Durante esos días todo parece permitido. Y es precisamente en ese punto donde aparecen algunas de sus imágenes más memorables.
Buscar lo extraordinario en lo aparentemente cotidiano
Recorrer España durante quince años para fotografiar fiestas populares no siempre fue fácil. Muchas veces la propia gente de los pueblos no entendía qué hacía aquella mujer viajando cientos de kilómetros para ver celebraciones que para ellos eran simplemente parte de la vida cotidiana.
La propia Cristina García Rodero lo recuerda con humor:
“Muchos me decían: ¿por qué te vienes aquí haciendo 600 km para ver un diablo? Señora, pero es que es un diablo único, especial”.
Aquella frase resume muy bien su manera de mirar. Lo que para otros podía parecer una costumbre sin importancia, para ella era una pieza irrepetible de la cultura popular.
Trabajar en esa “España oculta” también implicaba aprender a moverse con discreción. Observar sin interrumpir, estar presente sin llamar demasiado la atención, dejar que la escena ocurriera. Muchas de sus fotografías se construyen precisamente a partir de esa manera de mirar: composiciones dinámicas, llenas de diagonales y gestos espontáneos, donde la vida parece desplegarse delante de la cámara.
En aquellos años, además, apenas existían referencias para un proyecto así. La fotografía documental sobre cultura popular en España era muy escasa. Uno de los libros que más influyó en ella fue El carnaval, del antropólogo Julio Caro Baroja. Sus investigaciones sobre las fiestas y los rituales ayudaron a García Rodero a comprender que detrás de cada celebración se escondía una historia profunda.
Mientras tanto, el panorama cultural español seguía otra dirección. Durante los años ochenta, muchos fotógrafos estaban centrados en retratar la modernidad urbana y el ambiente creativo de La Movida Madrileña.
Sin embargo, García Rodero decidió mirar hacia otro lado.
Como ha señalado la historiadora del arte Blanca de la Torre:
“Mientras otros fotógrafos retrataban la modernidad de La Movida, Cristina apostó por una fotografía que no interesaba, pero lo hizo con determinación, con pasión y con talento”.
El resultado fue una obra que trasciende el simple documentalismo. Sus imágenes no solo registran tradiciones: capturan la emoción, la intensidad y el misterio de un mundo que estaba cambiando.
Por eso España oculta no es solo un libro sobre fiestas populares. Es también un testimonio visual de un país lleno de contrastes, de luces y sombras, de devoción y celebración. Un país que en muchos aspectos sigue estando ahí, aunque a veces no sepamos verlo.
Una mirada también hacia Asturias.
Aunque el libro España oculta se centra en gran medida en las fiestas populares de toda España durante las décadas de los setenta y ochenta, el interés de Cristina García Rodero por las tradiciones nunca se ha detenido.
Años después seguiría acercándose a celebraciones y rituales que forman parte del patrimonio cultural de los pueblos. Un ejemplo es su visita en 2013 a las Jornadas de las Máscaras de Invierno de Siero, en Asturias. Durante varios días se alojó en el núcleo rural de Castiello y asistió a las actividades organizadas por la asociación cultural El Cencerru.
Con la discreción que caracteriza su manera de trabajar, escuchó las ponencias celebradas en Leceñes, acudió al desfile de mascaraes en La Pola y presenció la representación de comedies en Valdesoto. Como tantas veces ocurre en el trabajo documental, el azar también intervino: la lluvia obligó a suspender el desfile del domingo, privando a las jornadas de algunos de sus momentos más fotogénicos.
Su interés por este universo de máscaras tradicionales se había despertado poco antes gracias a los fotógrafos Carlos García Ximénez y Claudio F. de la Cal, que la acompañaron durante su estancia en Asturias. Ambos habían documentado previamente mascaradas en los concejos de Ibias y Allande, despertando en ella la curiosidad por este fascinante mundo de rituales invernales.
Las potencias del alma (Puente Genil, 1976)
Una de las fotografías más conocidas de España oculta es Las potencias del alma, tomada durante la Semana Santa de Puente Genil.
En la imagen aparecen varios personajes que parecen salidos de una escena casi surrealista.
Un nazareno sostiene un globo terráqueo mientras una paloma se posa sobre su capirote. A su lado, otro participante sostiene una botella de vino y un vaso con el que parece brindar alegremente.
A unos pasos, un soldado romano con casco y lanza fuma tranquilamente un cigarrillo mientras espera.
Todo ocurre delante de una puerta, como si se tratara de un escenario improvisado.
La fotografía resume perfectamente una de las ideas centrales del trabajo de García Rodero: la convivencia entre lo sagrado y lo cotidiano.
Los símbolos religiosos conviven con gestos profundamente humanos.
La solemnidad con la fiesta.
La tradición con el humor.
Es una escena real, pero tiene algo de teatral, casi de absurdo.
Y precisamente por eso resulta tan poderosa.
Una confesión en la romería de Saavedra.
Entre las muchas imágenes que ha tomado Cristina García Rodero a lo largo de su vida, hay algunas que parecen sencillas pero que contienen toda una historia. Una de ellas es esta fotografía tomada durante la romería de la Virgen de los Milagros de Saavedra, en Galicia.
La escena ocurre durante la fiesta del 24 de mayo. Ese día acude mucha gente a la pequeña iglesia del lugar: para oír misa, dar limosna a los pobres o confesarse. Frente al templo, como ocurre en muchas parroquias gallegas, se encuentra el cementerio. Durante la romería se colocaban varios confesionarios improvisados contra una pared. No había cortinillas, solo una celosía de madera que separaba a las mujeres del sacerdote. A un lado se formaban filas de mujeres; al otro, los hombres.
Cristina García Rodero acudió a esa romería durante varios años. Allí se sentía cómoda trabajando: los sacerdotes eran tolerantes y la dejaban moverse con libertad. Su método era sencillo, pero exigía paciencia: observar, esperar y dejar que la vida ocurriera delante de la cámara.
En uno de esos momentos apareció una mujer mayor, una campesina que llegaba cansada de una vida de trabajo duro. Se arrodilló con devoción para confesarse. Aquella escena conmovió a la fotógrafa.
Mientras hacía la foto, el sacerdote se dio cuenta de que estaba siendo fotografiado y se puso un poco nervioso, llevándose el dedo a la nariz en un gesto casi inconsciente. Ese pequeño movimiento terminó convirtiéndose en parte de la fuerza de la imagen.
Con el tiempo, García Rodero volvió al lugar para entregarle la fotografía al sacerdote. Entonces supo que había muerto atropellado por un coche. Más tarde conoció a su familia, que le contó que había sido una gran persona.
La imagen, aparentemente sencilla, encierra muchas de las claves de la fotografía documental. No hay una puesta en escena ni un gran despliegue técnico. Solo una fotógrafa que observa, espera y reconoce el momento en que algo significativo ocurre delante de ella.
La propia Cristina García Rodero ha explicado en varias ocasiones que en fotografía no existen garantías. Ni el esfuerzo, ni el riesgo, ni el tiempo invertido aseguran una buena imagen. A veces todo depende de algo imprevisible: la combinación entre experiencia, paciencia y un cierto grado de azar.
En esta fotografía se juntan todos esos elementos. La fotógrafa conocía bien la romería porque había vuelto muchas veces. Sabía dónde mirar y cuándo esperar. Pero aun así, el instante decisivo apareció casi de repente: la mujer arrodillada, el gesto del sacerdote, las cruces del cementerio al fondo y el improvisado confesionario formando un marco perfecto.
Es en ese tipo de momentos donde la fotografía deja de ser solo una imagen y se convierte en un fragmento de vida detenido en el tiempo.
Explora más de su obra....
| Lunas de Carnaval. Orense. 1993 |
| En las eras. Zamora. 1988. |
| Tiempo de renovación. Guadalajara. 1996. |
| La Trinidad. Navarra. 1980. |
| La tarde. Jaén. 1978. |
| Los que han visto la muerte. Pontevedra. 1984. |
| El paje de la Cruz. Murcia. 1993. |
| El Colacho. Burgos. 1975. |
Después de sumergirme en el universo de Cristina G. Rodero, no puedo evitar volver hacia otra fotógrafa que, aunque nacida casi un siglo antes, comparte esa misma pasión por capturar la vida cotidiana y las tradiciones.
Hablo de Ruth Matilda Anderson, estadounidense que desarrolló un profundo vínculo con Galicia y otras regiones de España, con un objetivo similar al de Cristina: documentar con rigor y empatía el trabajo y la vida cotidiana de la gente común, especialmente de las mujeres rurales, cuya labor diaria sostenía comunidades enteras.
La época en la que vivió y trabajó, los años 20 y 30 del siglo XX, hace que el registro documental disponible sea más escaso que el de Cristina, pero no por ello menos poderoso ni menos relevante para quienes nos interesa la memoria visual de los modos de vida.
Si con Cristina me emocionan los rituales y fiestas, con Ruth me fascina la forma en que la vida cotidiana, el trabajo compartido y la indumentaria de la épica cobra protagonismo, construyendo un archivo visual que hoy es invaluable para entender nuestra historia y cultura.
Ruth Matilda Anderson: viajar para documentar vidas.
Ruth Matilda Anderson (1893–1983) fue una fotógrafa estadounidense que, tras formarse en fotografía en la escuela de Clarence H. White en Nueva York, fue contratada en 1921 por la The Hispanic Society of America. Allí no solo se especializó como fotógrafa, sino que también desarrolló habilidades como investigadora y conservadora de fotografía.Entre 1923 y 1930, Anderson realizó cinco viajes largos por España por encargo de la Hispanic Society, recorriendo Galicia, Asturias, León, Extremadura, Castilla y Andalucía en un intento de documentar lo que entonces se consideraba que estaba desapareciendo con la modernización: la vida cotidiana, los oficios, las fiestas, las artesanías y, sobre todo, los entornos rurales.
Su archivo es vasto: más de 14 000 fotografías tomadas entre 1923 y 1930, que constituyen uno de los registros más completos de la vida rural española de aquella época. Mucho más allá de un simple catálogo de paisajes o monumentos, su trabajo se centró en las personas: mujeres y hombres en sus quehaceres diarios, niños y niñas jugando, ferias, mercados, actividades artesanales y escenas familiares que hoy nos ofrecen una ventana extraordinaria a un pasado que casi nadie había documentado con tanta atención.
En Galicia, por ejemplo, su estancia entre 1924 y 1926 produjo miles de fotografías y dio lugar a exposiciones y publicaciones que han convertido su archivo en una pieza central para entender cómo era la vida en comunidades rurales hace casi un siglo. Las imágenes son valiosas tanto por su calidad como por su valor etnográfico: muestran a mujeres y hombres realizando labores agrícolas, artesanas vendiendo en ferias, escenas de mercado, trabajos del mar y costumbres que ya no existen en la misma forma.
Más que un ejercicio documental, el trabajo de Anderson respira empatía: compone con cuidado, con respeto por sus sujetas y sujetos, y con una sensibilidad que hace sentir al espectador que está ante personas completas, no meros objetos de estudio. Este equilibrio entre rigor documental y mirada compasiva es, para mí, una de las lecciones que más valoro en su obra y que también intento incorporar, de alguna manera, en mi propia fotografía de tradición.
Explora más de su obra...
| "Tahona", Malpartida de Plasencia, 1928. |
| "Máxima Hernández, sombrerera", 1928 |
| "Retrato de una joven con un niño llamado Antonio", Villalcampo (Zamora). |
| "Crucifixión de Cristo, en el auto de la Pasión", Villalcampo (Zamora). |
"Una anciana labriega", Santa Eulalia de Camos. |
| "Porteadoras en Carnota" |
| "Llevando alfarería para vender en la feria de Ourense" (1925) |
| "Lavando en la fuente" (Oviedo) |
| Pola de Lena |
| Filipinas vendiendo alfombras en Avilés |
| "Magdalena la Carnicera" (Gijón) |
| Casas antiguas en Villaviciosa |
| "Trabajando en la cocina" (Cudillero) Mujeres venden mantequilla envuelta en hojas de repollo en Tineo Cangas del Narcea |