Más allá del “traje de criada”: indumentaria tradicional bretona

Foto: Lucía Garó - Festival Intercéltico de Avilés 2025


Fue en el verano de 2022, durante el Festival Interceltique de Lorient, cuando compré un pequeño libro en francés sobre indumentaria tradicional bretona. Aquel año Asturias era el territorio invitado, y yo me encontraba allí con el grupo de baile Trebeyu, aunque no como integrante, sino como fotógrafa. Entre actuaciones, ensayos y desplazamientos de un escenario a otro, siempre hay pequeños tiempos muertos, y fue en uno de esos momentos cuando me escapé a curiosear por el recinto del festival.

Era una de tantas mañanas de calor insoportable, algo poco habitual en una tierra de clima similar al asturiano. El mercadillo se encontraba junto a la zona de los juegos tradicionales, instalado en una pequeña extensión de prao, con puestos al aire libre donde se mezclaban libros, vinilos y otros objetos. El ambiente era tranquilo, casi pausado, pese al movimiento constante de gente y al sol cayendo de lleno.

Me detuve en un puesto dedicado casi por completo a los libros: novelas, cómics, publicaciones relacionadas con el mundo celta, la música, la cultura o la historia. Había tanto ejemplares nuevos como otros claramente de segunda mano, con las páginas ya amarillentas por el paso del tiempo. Desde hace años mantengo la costumbre, o quizá la manía, de volver de cada viaje con un libro. Durante una etapa intenté que esos libros hablaran específicamente de la indumentaria tradicional de los lugares que visitaba, aunque con el tiempo fui abandonando esa idea al comprobar que no siempre resulta fácil encontrar publicaciones accesibles que no deriven en textos excesivamente técnicos.

Aun así, aquel día buscaba algo pequeño, manejable, que me permitiera acercarme a la cultura bretona sin demasiadas pretensiones. La señora del puesto me preguntó si también vestía traje tradicional bretón. Le expliqué, con mi francés de Duolingo, que venía de Asturias y que me interesaba la indumentaria. El intercambio fue breve y sencillo. El libro acabó en mis manos casi de inmediato: era pequeño, barato y parecía cumplir justo con lo que estaba buscando.

No lo he leído de principio a fin. Leer textos técnicos en francés se me hace denso. Sin embargo, sus imágenes las conozco bien. Fotografías antiguas, detalles de bordado, cofias, delantales y siluetas que, con el tiempo, fueron despertando una curiosidad más profunda.

Ese pequeño libro se convirtió, sin pretenderlo, en el punto de partida para mirar la indumentaria tradicional bretona con más atención y menos prejuicios. Especialmente para cuestionar una expresión que se repite con frecuencia desde fuera: la de “traje de criada”. Una etiqueta simplificadora que no tiene en cuenta la complejidad, la diversidad territorial ni el valor técnico de estas vestimentas.

La indumentaria bretona no constituye un conjunto homogéneo. Existen diferencias muy marcadas según las zonas, con variaciones en las formas, los tocados, los materiales y los usos. A ello se suma la importancia del trabajo textil, y en particular del bordado, como elemento distintivo y como muestra de un saber hacer profundamente arraigado. A partir de aquí, el objetivo de este artículo es acercarse a esa diversidad, atendiendo tanto a los distintos tipos de indumentaria como a los detalles técnicos que los definen.


Diversidad y territorio: “cien países, cien trajes”

Francia es un país especialmente rico en indumentaria tradicional y, desde el siglo XIX, los trajes populares permitían identificar no solo la región de origen, sino también el estado civil o la posición social de quien los vestía. En Bretaña, esta diversidad alcanza una complejidad particular: se calcula que existen alrededor de sesenta y seis tipos de vestimentas tradicionales, muchas de ellas subdivididas en variantes tan sutiles que solo los propios bretones son capaces de reconocerlas.

Existe una expresión muy conocida en la región que resume bien esta realidad: «Kent bro, kent giz», que en francés se traduce como «cent pays, cent costumes» y que en castellano podríamos entender como “cien países, cien trajes”. Bretaña está compuesta por multitud de pequeños territorios históricos, conocidos como países, y cada uno desarrolló su propia moda: Rouzig, Pourlet, Pontivy, Aven, Glazig, entre muchas otras. Estas modas no fueron estáticas, sino que evolucionaron especialmente entre 1830 y finales de la década de 1940. Algunas han llegado hasta nosotros de forma más reconocible; otras han quedado relegadas a la memoria, cuando no completamente olvidadas.

Uno de los aspectos que más llama la atención al acercarse a la indumentaria bretona es que no existe un “traje típico” único, sino un entramado de formas, colores, tejidos y usos profundamente ligado al territorio. Esta diversidad se manifiesta tanto en la vestimenta masculina como en la femenina, aunque en esta última destaca especialmente el papel de los tocados y del bordado.


Vestir según el momento: trabajo, domingo y ceremonia

Desde finales del siglo XVIII y hasta bien entrado el siglo XX, la población bretona: campesinos, marineros, comerciantes, obreros o artesanos, distinguía claramente entre tres tipos de vestimenta: la ropa de trabajo, el traje de los domingos y el traje de ceremonia. La ropa cotidiana era más sencilla y funcional, aunque también presentaba rasgos locales o profesionales. Por el contrario, los trajes dominicales y ceremoniales, generalmente de color negro, concentraban el mayor grado de elaboración y ornamento.

Lo que hace singular al traje bretón es precisamente esta diferenciación espacial extrema, que en algunos casos variaba incluso de una comuna a otra. A partir del siglo XX, los cambios sociales, el desarrollo del turismo y la difusión de la moda urbana provocaron un progresivo abandono del traje en la vida diaria. Desde entonces, su uso quedó restringido a contextos muy concretos, como los pardons (peregrinaciones religiosas), fiestas locales o manifestaciones culturales vinculadas a los círculos celtas. El traje dejó de ser una imposición del modo de vida para convertirse en una elección consciente.


Piezas fundamentales de la indumentaria femenina bretona

La indumentaria tradicional femenina bretona no puede entenderse como un conjunto único y cerrado, ya que presenta numerosas variaciones territoriales. Sin embargo, existen una serie de piezas comunes que, con diferencias de forma, tejido, color o decoración, se repiten en la mayoría de los países bretones. Estas prendas conforman la base del traje y permiten identificar tanto el contexto de uso como el origen de quien lo vestía.

La cofia o tocado (coiffes).

Elemento icónico por excelencia, la cofia es el rasgo más identificable de la indumentaria femenina bretona. Su forma, tamaño y ornamentación varían enormemente según la zona, pudiendo ser baja y discreta o alta y espectacular, como en el caso de Bigouden. Confeccionadas en lino o algodón fino, suelen ir ricamente trabajadas con bordado blanco, encaje y calados. Más allá de su función práctica, la cofia actúa como marcador identitario y social, y requiere un cuidado técnico muy preciso: lavado, almidonado y planchado forman parte esencial de su mantenimiento.


La falda (jupe).

La falda es una de las piezas principales del traje femenino. Generalmente confeccionada en lana, suele ser de color oscuro, negro o tonos muy profundos, especialmente en los trajes de domingo y de ceremonia. Se superpone en capas y aporta volumen al conjunto.  Con el paso del tiempo, las faldas se fueron alargando: si en el siglo XIX podían dejar ver los tobillos, a comienzos del siglo XX llegan a rozar el suelo, incorporando en algunos casos una balayeuse o refuerzo inferior para proteger el borde del desgaste.

En determinadas zonas, la falda se adorna con aplicaciones de terciopelo o bordados, cuyo tamaño y riqueza varían según la época y la posición social.

El corpiño (corsage).

Se ajusta al toso y estructura la silueta femenina. Esta prenda presenta mangas largas y puede estar ricamente decorada con bordados, galones o aplicaciones de terciopelo y pasamanerías, especialmente en la espalda, los hombros y los codos.

El bordado, inicialmente funcional, adquiere aquí un carácter claramente ornamental y simbólico, convirtiéndose en uno de los principales elementos distintivos del traje.

El delantal (tablier).

El delantal es una pieza esencial del traje femenino bretón y no debe interpretarse únicamente como una prenda de trabajo. En los trajes de ceremonia, el tablier puede ser una de las partes más elaboradas del conjunto. En el día a día protegía la falda, mientras que en contextos festivos se convertía en un elemento decorativo de primer orden. 

Existen delantales sencillos, pero también otros realizados en terciopelo, seda o algodón decorado, con bordados florales, motivos geométricos o incluso pintura textil. En algunas zonas, el delantal incorpora una gran pechera o bavette que asciende hasta el pecho, mientras que en otras se limita a cubrir la parte frontal de la falda.

El chal (châles).

El chal es una prenda complementaria que se coloca sobre los hombros y cumple una doble función: abrigo y ornamentación. Puede estar confeccionado en lana, algodón o seda, y suele presentar flecos o pequeños motivos decorativos.

En contextos ceremoniales, el chal contribuye a equilibrar visualmente el conjunto y a enmarcar el torso, especialmente cuando se combina con collares, broches u otros adornos.


La camisa y la ropa blanca.

Bajo las prendas exteriores se encuentra la camisa, generalmente de lino o algodón blanco. Aunque pueda parecer secundaria, la ropa blanca desempeña un papel fundamental en la estética del traje, ya que partes de ella quedan visibles en el cuello, los puños o bajo el corpiño.

La limpieza, el almidonado y el cuidado de estas prendas eran indicadores de estatus y respeto por la ocasión.

El pañuelo de cuello (mouchoirs de cou).

Este pañuelo complementaba el conjunto femenino, aportando un punto de contraste o refinamiento. A menudo iba bordado o cuidadosamente doblado, y su colocación también respondía a usos locales concretos.


Adornos y complementos.

El traje se completa con distintos elementos ornamentales: collares de terciopelo con cruces o corazones, broches, sautoirs, cinturones o joyería de uso popular. Estos adornos refuerzan el carácter ceremonial del conjunto y aportan información sobre creencias religiosas, modas y jerarquías sociales.


Piezas fundamentales de la indumentaria masculina bretona

Aunque visualmente menos llamativa que la femenina, la indumentaria masculina bretona es igualmente rica en matices y variaciones locales.

La polaina (Guêtres).

Las polainas protegían las piernas del frío, la humedad y el barro, especialmente en contextos rurales. Eran habituales en la vida cotidiana y en determinadas festividades.

Calzones, culotes y pantalones (Bragoù, culotte et pantalon).

Estas prendas varían según la época y la zona. Los bragoù suelen ser calzones amplios, mientras que los culottes se ajustan más a la pierna y llegan hasta la rodilla. Con el tiempo, el pantalón largo se fue imponiendo, aunque manteniendo algunos elementos tradicionales.

Chaqueta corta (Chupenn).

La chupenn es una chaqueta ajustada, a menudo ricamente decorada con bordados, especialmente en los trajes de gala. Su confección refleja el estatus del portador y la identidad local.

Chaleco largo y chaleco corto (porpant et jiletenn).

El chaleco es una de las piezas ornamentadas del traje masculino. Puede presentarse en versiones largas o cortas, con abundante bordado, botones metálicos y colores intensos, sobre todo en contextos festivos.

Sombreros, gorros y boinas (chapeaux, bonnes et bérets).

El tocado masculino varía según la comarca y el uso. Desde sombreros de ala ancha, hasta gorros y boinas, estas piezas completan el atuendo y, al igual que las cofias femeninas, ayudan a identificar el origen del traje.





Bordado y saber hacer

Antes de ser ornamental, el bordado en la indumentaria bretona tuvo una función práctica: reforzar costuras, sujetar cintas o proteger zonas de desgaste. Con el tiempo, estos bordados fueron ganando protagonismo y complejidad, incorporando motivos religiosos, vegetales o políticos, que podían variar según el país y la época. Durante mucho tiempo, el bordado fue un oficio masculino, ya que trabajar sobre paños gruesos de lana requería fuerza y técnica. Los bordadores formaban corporaciones específicas y su saber hacer era reconocido y codificado.

Hoy en día, esta práctica ha cambiado: el bordado tradicional es realizado mayoritariamente por mujeres y existen escuelas especializadas dedicadas a su enseñanza y conservación. Durante el Festival Interceltique de Lorient, este aspecto sigue muy presente. En la residencia donde nos alojábamos, justo enfrente, se encontraba un pequeño pabellón con un cartel que decía “du fil au FIL”, un juego de palabras entre el hilo (fil) y las siglas del festival. Allí se impartían talleres de bordado, recordando que el festival no es solo escenario y música, sino también transmisión de conocimientos, conferencias y prácticas artesanas.


Dificultades para documentarse

Acercarse a la indumentaria bretona no es sencillo, especialmente si se intenta hacerlo a través de internet. La información directa y bien contextualizada es escasa, y buena parte del conocimiento permanece en publicaciones especializadas, museos, talleres o en la memoria de quienes han heredado estos saberes. Quizá por eso aquel pequeño libro comprado en el mercadillo —el Quai du Livre, instalado en el entorno del festival— terminó teniendo más peso del que parecía.


Foto: Lucía Garó - Grande Parade Festival Interceltique de Lorient 2022

Foto: Lucía Garó - Día de Asturias en Gijón 2023

Foto: Lucía Garó - Festival Intercéltico de Aviles 2025


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